“Haz bien lo que esté en tu mano, el resto lo hará Asia”
Saliendo de Occidente, la llave en términos de crecimiento global se localiza en Asia Pacífico, y en concreto en China y, también, aunque en menor medida, en Japón.
Comenzando por el gigante asiático, 2025 se ha inaugurado con buenas noticias, tras haberse alcanzado, sobre la bocina, el objetivo oficial de crecimiento del 5% en promedio anual en 2024, sentando las bases para un comienzo de curso favorable. Si bien los últimos datos de crecimiento no están exentos de asteriscos (sobre todo, el elevado apalancamiento a unas exportaciones que podrían haberse “inflado” durante las últimas lecturas como consecuencia de un incremento de los pedidos de empresas estadounidenses ante las expectativas de aranceles), el compromiso gubernamental con el estímulo de la demanda doméstica parece ahora superior al de cualquier momento previo de los últimos años.
Recordemos que durante el pasado mes de diciembre se produjo un notable cambio del lenguaje por parte de la Administración Xi, introduciendo términos respecto a la orientación de las políticas fiscales y monetarias no utilizados desde 2009 (la política monetaria será a partir de ahora “moderadamente laxa” -antes “prudente”- y la fiscal “más proactiva” -antes “proactiva”). Así, y pese a que, con un alto grado de probabilidad, los siguientes pasos en materia de estímulo no se tomen hasta el mes de marzo, con la celebración de las “Dos Sesiones” (Asamblea Popular Nacional el 4 de marzo, Conferencia Consultiva Política el 5 de marzo), la mejora del sentimiento del consumidor en China, fruto del empuje estatal, sería un potencial catalizador para el impulso de la actividad. A ello se suma el dominio chino en industrias de alto crecimiento como la de vehículos eléctricos, baterías o energía solar y eólica, y mejoras sustanciales en competitividad en segmentos críticos como el de semiconductores.
Los riesgos para la actividad china siguen siendo los mismos a los que nos venimos refiriendo durante los últimos tiempos. Por una parte, la tasa de ahorro no termina de revertir a los niveles prepandemia, y pese a que el goteo de estímulos empieza a permear en el tejido doméstico, aún no se ha traducido en un cambio sustancial de la actitud de las familias respecto a sus planes de gasto. Como señalábamos, una eventual mejora de esta circunstancia, fruto de la aplicación de políticas expansivas, sería una gran noticia para los inversores. Por otra parte, la amenaza exterior sigue presente, y es que la sombra de los aranceles por parte de EEUU ante la llegada de Trump a La Casa Blanca continúa “acechando”.
Si el escenario positivo que esbozamos para el crecimiento chino se materializa, los principales beneficiarios serían, en primer lugar, como resulta obvio, la renta variable doméstica, y, en segundo lugar, activos con alta beta a ese escenario de crecimiento, como podrían ser las commodities, especialmente el cobre y otros metales industriales.
En lo que a Japón se refiere, el nuevo gobierno del primer ministro Ishiba podría optar por una política fiscal más sesgada hacia el estímulo, tal y como ha reflejado la última previsión gubernamental sobre el balance fiscal primario del país nipón para el año en curso, que atisba un déficit primario de 29.000 millones de USD en 2025, frente al superávit de 5.150 millones USD previsto apenas seis meses atrás.
Este estímulo fiscal, de la mano de unas presiones deflacionarias que parecen ya cosa del pasado y de una estructura demográfica y laboral que invita a pensar que las subidas salariales serán extendidas en el tiempo, permite pensar que Japón está en disposición de salir de ese estancamiento en el que ha estado instalado durante décadas, lo que continuaría soportando las rentabilidades de un activo renta variable doméstico que ya arrojó resultados apetecibles en los dos cursos previos.
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